Contacto
“Los elementos que consideraba imprescindibles en la novela del futuro eran: intertextualidad; conexiones con la alta poesía; conciencia de un paisaje moral en ruinas; ligera superioridad del estilo sobre la trama; la escritura vista como un reloj que avanza.
Está confirmando una vieja sospecha: el mundo es muy aburrido, o, lo que es lo mismo, lo que sucede en él carece de interés si no lo cuenta un buen escritor.
Aunque hará bien en no olvidar que una persona sabia es aquella que monotoniza la existencia pues, entonces, cada pequeño incidente, si sabe leerlo literariamente, tiene para ella carácter de maravilla. En realidad, no olvidarse nunca de que esta posibilidad de monotonizar a conciencia su vida es la única o la mejor solución que le queda.
”
Enrique Vila-Matas, Dublinesca
“Recuerdo mal el relato, se me han esfumado los personajes y la anécdota. Sólo sé que era una especie tragedia, inyectada de sangre y fanatasimo. Me sentí un pavo real cuando lo terminé; pensé que ya era un escritor. Lo di a leer a un amigo cuyo juicio literario respetaba, y él me abrió los ojos sin contemplaciones. “Prefiero el original”, me dijo. “Tu relato se parece demasiado a La letra escarlata, de Hawthorne”. Y, en efecto, me probó que mi historia repetía con fidelidad algunos detalles de La letra escarlata. Fue un golpe bastante duro. Yo era vaga, angustiosamente consciente de las huellas que Darío, Neruda, Vallejo dejaban en los poemas que escribía, pero con este relato había tenido la certeza de escribir algo personal. No había sospechado ni remotamente , mientras trabajaba este texto, que imitaba a Hawthorne. Y como la novela de éste, en efecto, me había impresionado mucho, pensé que tenía pocas esperanzas como escritor. Furioso conmigo y con todos, hice pedazos el manuscrito y olvidé “la casa verde”, las habitantas y los mangaches. Creí que los olvidaba. Lo cierto es que seguirían allí, tercos e invictos, en el fondo de mi memoria.
Por ese tiempo empecé a descrubrir esta áspera verdad: la materia prima de la literatura no es la felicidad sino la infelicidad humana, y los escritores, como los buitres, se alimentan preferentmente de carroña.
Decidí que la razón de esa mediocridad eran mi indecisión y cobardía anteriores, no haber asumido la literatura como lo primordial. Había terminado un libro de cuentos, que encontró editor en Barcelona, y el resultado era más bien deprimente. Los había escrito casi todos en Lima, en los resquicios de tiempo libre que me dejaban múltiples y fastidiosos trabajos alimenticios. Justifiqué así ese fracaso: sólo se podía ser escritor si uno organizaba su vida en función de la literatura; si uno pretendía -como había hecho yo hasta entonces- organizar la literatura en función de una vida consagrada a otros amos, el resultado era la catástrofe.
”
Mario Vargas Llosa, Historia secreta de una novela
Retomo las lecturas pendientes que en las últimas semanas habían quedado aparcadas por el desánimo y la leve depresión (y, añadiré, la mezcla de desconcierto y aburrimiento que me estaba provocando la segunda parte del Fausto de Goethe, que todavía no termino) con Dublinesca. Un Vila-Matas sorprendente: crepuscular y reinventado, con algunos puntos en común con el Levrero de La novela luminosa; un Vila-Matas que al fin encuentra un personaje con carne y sangre. En Exploradores del abismo ironizaba con las críticas sobre los excesos metaliterarios y la falta de vida de sus libros. Dublinesca demuestra que esas ironías eran la respuesta herida del que sabe que hay algo de razón en lo que le reprochan.
Llevo 150 páginas y de momento me está pareciendo el mejor libro de Vila-Matas, o al menos el mejor de los que le he leído, que deben de ser casi todos. La novela me anima, me hace recuperar cierta fe en la literatura, en que merece la pena leer y escribir ficciones. (Al mismo tiempo también me deprime, porque trabajar en mi novela y releer los capítulos ya escritos mientras alterno esa ocupación con la lectura de la novela de Vila-Matas mina de forma inevitable la propia autoestima; en cualquier caso es un tipo de desánimo más favorable que el que también obtengo de la lectura de novelas mediocres o de la lectura de blogs sobre literatura. Pero no es éste el momento de hablar de ello; habrá que hacerlo otro día).
Además de a Levrero, Dublinesca me remite también al último libro de cuentos de Quim Monzó, Mil cretins. Tanto Vila-Matas como Monzó parecen haber dado un paso adelante en estos últimos libros: un paso tenebroso hacia la vejez y la muerte como temas, pero también un paso alegre en el perfeccionamiento de un sentido del humor resignado y muy catalán. Y lo mejor de todo, un paso adelante que les permite reinventarse sin dejar de ser ellos mismos: conservando todo lo que de bueno había en sus libros anteriores y al mismo tiempo avanzando arriesgadamente hacia algo nuevo. Esa ambiciosa voluntad de exploración, ese desdén por la repetición de lo que ya han demostrado que dominan, demuestra por qué son dos de los mejores escritores de nuestra época.
Hay algo equivocado, hay algo perverso, hay algo de sospecha sobre mi amor por la literatura en el hecho de que me plantee organizar mis lecturas y mi escritura de forma tan utilitaria, tan sometida a la concepción de la novela. No leer más que libros de ese listado que he elaborado con cuarenta o cincuenta títulos que se relacionan de forma más o menos directa con lo que voy a escribir. Y leerlos sin prestar atención a nada más que a lo que puede interesarme para la escritura: renunciar al placer, renunciar a la búsqueda, renunciar a la belleza. No realizar esfuerzos por escribir nada que no esté relacionado con la novela: abandonar el blog, los cuentos, la idea de un diario (a excepción de éste, que trata sobre la novela, o que acaso forma parte de la novela). Desdén por las pretensiones del autor, el libro como un simple medio para llegar a otro libro.
¿Dónde queda la curiosidad? ¿Dónde, el amor por los libros, y por el aprendizaje? Sí, hay algo de perverso en esa planificación casi empresarial, en ese férreo plan quinquenal, hay algo que me avergüenza. Lamentablemente, este tipo de planteamientos de todo o nada son la única manera que conozco para encauzar mi voluntad, para alejar las distracciones o los pretextos. Me excuso con la falta de tiempo, pero no es eso. A pesar de las horas que me escatima mi trabajo, alejado de los libros y de la escritura y de cualquier forma de creatividad, habría tiempo para todo si mi mente fuera capaz de organizarse y de centrarse, de establecer los tiempos y encontrar un equilibrio. La neurosis me lo impide. La obsesión es inevitable; lo único que puedo hacer es gobernarla, conducirla hacia los fines que me interesan. Aprovecharme de ella, aunque sea a costa de algunas de las cosas que amo, para poder sobrevivir a ella.